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Zaragoza, Ciudad de las Cuatro Culturas

El Soto de Cantalobos en Zaragoza

El Soto de Cantalobos en Zaragoza

El Soto de Cantalobos es uno de los escasos sotos, o bosques de ribera, que se conservan en las orillas Ebro, resto de la vegetación original del río en este tramo de su curso. Es uno de los espacios naturales más importantes del cinturón verde de Zaragoza y una de las joyas naturales de la capital. Un verdadero pasillo verde, de gran interés ecológico, que aproxima el río a la población y un verdadero eco-museo para la ciudad.

El soto, de veinte hectáreas de superficie y tres kilómetros de largo, es refugio de pájaros, insectos y pequeños mamíferos, que conforman una rica biodiversidad muy amenazada, debido a la cercanía del núcleo urbano y a posibles planes de desarrollo de la ciudad.

El acceso se realiza por un camino que se toma justo debajo del puente de Giménez Abad, en el Tercer Cinturón. Encontramos una hilera de enormes plataneros, un conjunto declarado monumental que, sin embargo, debido a las continuas obras, se encuentra actualmente en peligro por falta de agua.

La situación de los campos agrícolas ha sido muy importante para la evolución del soto, ya que se beneficia de la escorrentía del agua de regadío de estos. Gracias a esas corrientes, los árboles han crecido hasta lograr un tamaño monumental, imposible apenas cien metros más al sur, donde la vegetación es esteparia. Este primer tramo de la excursión apenas dura diez minutos pero resulta delicioso por la profusión de flores e insectos.

Sin embargo, la verdadera visita al soto comienza cuando aumenta la vegetación. Los árboles crecen a ambos lados del camino y el paseante se encuentra en medio de una selva. Los animales viven entre las plantas, comadrejas, tejones, erizos e incluso zorros. Pero son las aves las protagonistas del paseo y, mientras el excursionista intenta no perderse por el camino, autillos, ruiseñores, milanos negros, ánades, cucos y lechuzas le observan desde las copas de los árboles. En verano, el martinete, la cigüeña, el pájaro moscón y el milano negro anidan en la zona, mientras que, en invierno, la garza y el cormorán llegan, procedentes de tierras más frías.

El bosque sorprende por su frondosidad. Sus árboles, de hoja caduca y característicos de las riberas, destacan por su tamaño monumental. Ejemplares de fresno, chopo, sauce, olmo y tamariz se elevan a ambos lados del camino y por ellos trepan matacanes, lúpulos, clemátides o dulcámaras.

El sotobosque está compuesto de plantas muy hidrófilas, que buscan una gran cantidad de agua, zarzamoras, cicuta, ortiga mayor, apio caballar, cardos como el onopordum acanthium. Sorprenden los enormes árboles que han sido arrancados por la fuerza del agua en la última crecida del Ebro. Grandes chopos y olmos que han arrastrado en su caída a otros pequeños ejemplares. Ahora, en el suelo, son alimento de insectos que devoran su madera y sirven de madriguera para los animales. Mientras, otras plantas aprovechan la luz del sol que se filtra por el hueco que han dejado y, gracias a ella, crecerán durante los próximos años tanto o más que el ejemplar arrancado.

El agua del Ebro es regeneradora y fuente de vida y si bien las crecidas pueden arrasar la vegetación, los limos que transporta el agua sirven de alimento para las plantas, al contener grandes cantidades de nitrógeno y minerales. En el ciclo de la vida, nada se desaprovecha.

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