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Alfarería y Cerámica en Muel

Alfarería y Cerámica en Muel

La tradición alfarera de la villa de Muel se remonta al siglo XI, concretamente existen noticias de la cerámica de Muel desde el año 1048, fecha en la que, por mandato de Aben Tafa, llegaron a Zaragoza los primeros azulejos de Muel. Y desde aquella lejana centuria y durante siglos, hablar de Muel era hablar de cerámica, cuya fama trascendió y llegó hasta lejanos lugares.

En la evolución y desarrollo de la cerámica de Muel se dan dos grandes etapas: la época mudéjar y la época cristiana, sirviendo de separación entre las dos la expulsión de los moriscos en 1610. Lo que tienen en común ambas etapas es que la producción se especializa en vajilla (doméstica, religiosa, farmacéutica, etc.) y en piezas de aplicación arquitectónica, como paneles devocionales u ornamentación de edificios.

En un principio, los obradores se encontraban junto al Río Huerva, dentro de la villa, y allí permanecieron hasta el siglo XVII. Los alfareros eran mudéjares o moriscos, según los escritos de Enrique Cock, arquero de Felipe II.

La villa perteneció primero a los señores de Luna, y más tarde a los de Camarasa, los señores impulsaban el desarrollo de la industria cerámica que les aportaba pagos y fiscalizaciones sobre la producción y les abastecía de las vajillas más ricas. Su situación era privilegiada frente a alfares cristianos de otras zonas.

A principios del siglo XVII se replantea en España el problema Morisco. Las conversiones forzosas llevadas a cabo con anterioridad no consiguen paliar el problema de la convivencia, lo cual conlleva en 1610 a la definitiva expulsión de los moriscos.

Muel fue una de las villas de Aragón que más de despobló con motivo de la expulsión y supuso un duro golpe para la cerámica y la economía de la villa, lo que llevó al marqués de Camarasa a plantearse la repoblación de los talleres por alfareros cristianos que constituirán una segunda etapa en la producción cerámica.

Desde 1612 hasta 1620 llegan a Muel diversos alfareros procedentes de Reus. Ya en la Carta Puebla se refleja la falta de oficiales del barro, porque se menciona la existencia de obradores que se ceden a los repobladores, principalmente alfareros procedentes de Reus. Aparecen series decorativas nuevas respecto a las que habían existido con anterioridad, en la cerámica decorada en azul, o en la policroma azul, verde y/o manganeso. Estos novedosos motivos son los que otros alfareros, llegados posteriormente, asimilarán y convertirán en decoraciones propias.

A partir de 1620 la procedencia de los alfareros instalados en no es segura. En un principio los nuevos alfareros ocuparon los antiguos talleres abandonados por los mudéjares pero, al poco tiempo, se trasladaron a nuevos emplazamientos situados extramuros de la villa donde permanecieron hasta su desaparición a principios del siglo XX.

Los últimos alfareros datan de la centuria de 1920, se trata de los miembros de la familia Soler. La desaparición del comercio de Marcelino Soler Aliaga trajo consigo la desaparición de la cerámica de Muel. Fue, pues, el último alfarero que dio prestigio y renombre a la cerámica.

En el año 1964 Enrique González Mayorga, funcionario de la Diputación de Zaragoza, recibe el encargo de recuperar la cerámica de Muel. En este año no quedaba ya nada en absoluto. El empeño y entusiasmo de este hombre logró la creación del Taller-Escuela que comenzó a producir y a distribuir cerámica a mediados de los años 1960.

Las instalaciones fueron precarias en los comienzos pero en 1975 se levantará el nuevo Taller Escuela de Cerámica y Museo de Cerámica de la Provincia.

La industria alfarera, no sólo se ha recuperado, sino que se encuentra en uno de los momentos de mayor apogeo, consolidada tanto en el ámbito local y nacional, como en los mercados internacionales.

Su cerámica, en la que predominan los tonos azules, es altamente diferencial de la existente en otras zonas de Aragón. Es una cerámica de gran calidad, que es donde reside su verdadero valor, artesana, que sigue los pasos de los maestros alfareros de épocas pasadas; son piezas hechas con cariño por personas que sienten la cerámica, sin olvidar la repercusión social, laboral y cultural que con ello conlleva.

En la actualidad hay seis talleres alfareros en los que se produce cerámica popular, alternando algunos de ellos con la producción de cerámica creativa; y un taller dedicado exclusivamente a la elaboración de ésta última. Además, está la Escuela-Taller de cerámica de la Diputación Provincial de Zaragoza, cuyo edificio data de 1975, albergando distintas dependencias, además de una sala de exposiciones en la que se ofrecen muestras a lo largo del año.

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